lunes, abril 30, 2012

La Historia de una Sombra - Cáp. III

Una gélida brisa acariciaba las llanuras que separaban Sillium de Hylia. En su interior, las cuadrillas seguían en busca de la desaparecida integrante de la familia Rheyke, sin mayores resultados. Gradualmente los ciudadanos iban enterándose de lo ocurrido, y las malas noticias llegaban ya a las tierras de la Familia. Arkhael y Lady Rheyke atravesaban largos pastizales rumbo a Hylia, amparados por la oscuridad de la noche. Poco a poco la mujer comenzaba a recuperar sus fuerzas tras el ataque; sin embargo, distaban mucho de la condición física del asesino, por lo que debían realizar detenciones para descansar cada ciertas distancias recorridas. En el horizonte ya podía observarse claramente el Faro Negro, simbólico de la ciudad de Hylia. Muchos marineros y navegantes relataron que, literalmente, era como ver "una luz al final del túnel" en las noches más oscuras. Parecía como una esfera luminosa flotante en el medio del oscuro manto de las noches de nula o poca luna.

-Pronto llegaremos al puerto. Descansa hasta que sientas que tus fuerzas se han recuperado y come algo. Considerando la hora y el tiempo desde que salimos de la ciudad, el próximo trayecto deberá ser sin detenciones, o no llegaremos a tiempo para poder entrar sin mayores problemas -comentó Arkhael.
-No te preocupes -respondió Lady Rheyke- yo estoy bien. El aire fresco y la actividad física me han ayudado mucho. Lamento estar deteniendo tu camino...
-No es problema, Señorita. Aún podemos llegar a tiempo a nuestro objetivo, sin tener que rendir mayores explicaciones. No he visto patrullajes o señales de peligro alguno en los alrededores. Al parecer aún no se han dado cuenta de que ya no se encuentra en la ciudad.

La mujer miró al asesino mientras este observaba los alrededores.

-Ayla -dijo-. Llámame Ayla. Por favor.

Arkhael observó por un instante a la mujer. El miedo que antes observara en sus ojos había dado paso a una mirada de tranquilidad y confianza bastante inusual, dada la situación. Aún así, le agradó el conocer el nombre de la muchacha.

-Está bien, Ayla -respondió.

Mientras la joven terminaba de recuperarse, continuó observando al joven a su lado. Los pardos ojos de este parecían observar algo mucho más allá de lo que ella podía ver, aparentemente, a pesar de estar en el medio de oscuros parajes y a la mitad de la noche. Sin embargo, algo le pareció extraño de repente, al observarle. No reconoció de buenas a primeras que era, pero algo se veía distinto en él. 

-Debemos continuar. El tiempo apremia.
-Está bien, vamos entonces. Ya me encuentro bien.

El asesino extendió una mano a la joven para ayudarla a levantarse. Mientras se ponía de pie, Arkhael sorpresivamente la tiró rápidamente hacia él, y con ella apoyada contra su pecho, se lanzó al suelo. Sin entender que ocurría, la joven cerró los ojos instintivamente por un instante; al abrirlos, observó un destello anaranjado pasar sobre ellos, perdiéndose en el horizonte. Al mismo tiempo, vio que los azules cabellos del asesino se encontraban desatados y la punta de algunos algo quemados, al igual que una de las puntas de la escarlata bufanda que vestía. 

-Como lo pensé -escucho Ayla, de una voz que no reconoció-. Ese no es un Manto de Dragheel, y tu lo sabías. Pero no entiendo, ¿por qué entonces mandaron a esta mujer? Y también, ¿por qué la estás protegiendo? A estas alturas ya debes de haberte dado cuenta tu también, Asesino.
-Ya me parecía sospechoso que un Mago elegido para cuadrillas de búsqueda de esta índole no supiera diferenciar un Manto de Dragheel de una imitación. Bajé la guardia demasiado pronto, al parecer. Esa bola de fuego era una marca, ¿no?
-Así es. Sabía que estaban ahí, y sabía que no dejarías que la bola los alcanzara. Seguir el rastro de mi esencia mágica fue algo sencillo. Y tu, al parecer, estabas demasiado ocupado velando por el cuidado de esta muchachita, como para darte cuenta de mi presencia. 

Ayla observó al misterioso atacante. Una flama azulina en sus manos revelaba un rostro que se le hizo familiar. Ishkaviel, el Mago que los había rastreado junto a una cuadrilla se encontraba frente a ellos. Con un gesto, la flama salió despedida hacia el cielo y explotó como un fuego de artificio.

-No pasará mucho tiempo antes que lleguen mis compañeros -dijo Ishkaviel-. Sin embargo, dudo que sea mucho lo que tengan que hacer, salvo escoltar a esta mujer de vuelta a Palacio. 
-Pareces muy seguro de ti mismo, hechicero. No me subestimes -replicó Arkhael. A su vez, comenzó a dar una serie de suaves pasos de un lado a otro, y su imagen comenzó a diluirse entre las sombras.
-Ese truco ya lo había visto, Asesino. No funcionará esta vez.

El mago, de verdes cabellos y larga barba, vestía una túnica de un color arena con dibujos azulinos. En sus brazos y su cuello, largas cadenas de brillantes piedras de diversos colores colgaban, enrolladas. Clavó frente a él un cetro coronado con una gran piedra púrpura, y los suelos se tornaron blandos y pantanosos a su alrededor; luego, extrajo dos piedras azules de cada una de sus muñecas y las empuñó en sus manos, al tiempo que murmuraba unas palabras. Las piedras se tornaron en dos flamas azules, que salieron despedidas dibujando una serie de círculos alrededor de Arkhael, Ayla e Ishkaviel, encerrándolos dentro de estos. La oscuridad de la noche se desvanecía ante las largas columnas de fuego que rodeaban el lugar, y la difusa imagen del asesino rápidamente volvió a tornarse clara.

-Observé tus trucos cuando te acercaste a la caravana en Sillium. Debo decir que me sorprendiste. Sin embargo, también me fue clara la forma de contrarrestarlo. Estás a mi merced, muchacho.
-Entonces vamos a tener que hacer esto a la manera antigua -respondió, y extrayendo rápidamente sus dagas, se abalanzó sobre el hechicero, aunque su velocidad disminuyó significativamente al pisar el pantanoso suelo alrededor del cetro..Este extrajo el objeto del suelo y bloqueó los golpes que el asesino lanzaba, al tiempo que conjuraba una nueva bola de fuego que se emanaba desde la piedra púrpura, y que Arkhael apenas y logró bloquear cuando fue lanzada hacia él. Ayla observó como el asesino era bombaredeado por diversas bolas de fuego, de distintos colores, que con gran agilidad lograba esquivar, pero que gradualmente se acercaban más y más a él. Finalmente, vió como este fue despedido largos metros hacia atrás tras bloquear una seguidilla de tres de estas, quedando a escasa distancia del primer muro de flamas azules que los rodeaba, y con algunas quemaduras evidentes en el rostro y sus ropas. 

-Maldición -murmuró el asesino- estoy perdiendo demasiado tiempo en esto. Si la cuadrilla llega, no habrá forma de que podamos escapar de aquí...

Ayla seguía observando fijamente a Arkhael. No conseguía aún recordar qué era lo que le parecía distinto en él, pero algo le molestaba. Le parecía ridículo estar pensando en algo así en un momento así, pero algo en su interior no dejaba de recordar esa diferencia que le parecía percibir.

-...creo que no me queda alternativa. -continuó, y comenzó a soltar los vendajes de sus brazos. 
-¡El tatuaje! -exclamó Ayla- ¡El tatuaje ya no está! ¡Y tus ojos son de diferente color!

El Asesino cerró los ojos. Los sueltos vendajes dejaban al desnudo sus brazos, mientras se enredaban en las dagas que aún sujetaba en sus manos. 

-¿Tatuaje? ¿De qué estás hablando? -respondió Ishkaviel mientras conjuraba nuevas flamas para continuar su ataque. De pronto, se detuvo en seco. Comenzó a sentir un sorpresivo frío en los alrededores, a pesar de los muros de fuego que los rodeaban. Ayla también comenzó a sentir mucho frío, y notó que podía observar el vapor salir de sus labios al respirar. Ambos dirigieron instintivamente la mirada hacia el joven asesino, que murmuraba suavemente algunas palabras.

"Dioses, Padres de los cuatro Grandes Elementos,
elementales Hijos, fruto de vuestra unión,
aquí y ahora invoco vuestra presencia.
Fuertes vientos, torrentosos caudales,
en nombre de la Princesa Blanca los conjuro yo..."

-No puede ser... ¿¡Una Sombra!? -exclamó Ishkaviel. Ayla notó que el hechicero retrocedió unos pasos, mientras conjuraba cada vez más frenéticamente nuevas bolas de fuego en sus manos y a su alrededor. Al mismo tiempo, los vendajes en los brazos de Arkhael se llenaban rápidamente de distintas runas, en un brillante color turquesa, hasta alcanzar sus dagas. En el brazo izquierdo, nuevamente un tatuaje tomaba lugar, en la medida que las runas se dibujaban a través de los vendajes. Era algo difícil de describir; parecía el cuerpo de un Skylar, un Dragón de cuatro pies, extensas alas, larga cola y cuya cabeza se caracterizaba por la "barba" que parecía tener. Sin embargo, en el tatuaje ni las alas, ni las patas, ni la cola eran visibles. Sólo el cuerpo y la cabeza. El Asesino empuñó una de sus dagas, y la alzó al cielo.

"Cristales eternos, dancen sobre el viento,
a este sitio les invoco yo;
¡y de blanco manto cubran suelo y aire,
así como todo cuanto a nuestro alrededor!

Arkhael abrió los ojos, y tanto Ayla como Ishkaviel observaron como su ojo izquierdo se tornaba de pardo a un celeste claro, casi blanquecino. Arrojó la daga amarrada al vendaje al suelo frente a él, y al momento de clavarse en este, una ventisca de nieve se desató desde el arma, cubriendo el suelo y apagando rápidamente los muros de fuego que les rodeaban, así como congelando el pantano frente al mago. Este, desesperado, comenzó a arrojar sus conjuros hacia el asesino, pero las flamas eran absorvidas por la ventisca y se desvanecían antes de, siquiera, llegar a pensar en acercarse a su objetivo. Quitándose una de las cadenas de sus muñecas, el hechicero conjuró una espiral de flamas que lo rodearon; sin embargo, la ventisca rápidamente congeló las piedras, que cayeron pesadamente al suelo. Viendo la inutilidad de sus conjuros, el mago comenzó a escapar.

-¡Lo lograste! ¡No sé cómo lo hiciste, pero estamos a salvo! -exclamó Ayla. Sin embargo, Arkhael aún continuaba concentrado en su conjuro. La chica observó como el otro ojo del asesino comenzaba a teñirse del mismo celeste blanquecino del otro. En el tatuaje, las alas del Skylar comenzaban a hacerse presentes.

"Lanzas guardianas, eternas guerreras, 
su presencia invoco acá;
¡al enemigo que atenta contra mi vida,
ajusticiad de inmediato, sin piedad!"

El joven alzó la daga sobre su cabeza, y dando un leve giro con el brazo la arrojó hacia el hechicero. Este, que sintió la esencia mágica en su espalda dio un giro, y arrojando tres piedras rojas, conjuró un muro de piedra en el que la daga quedó incrustada, cayendo al piso frente a él. Sonriendo victorioso de haber bloqueado el ataque del Asesino, y viendo que la ventisca comenzaba a amainar, el hechicero volvió a alzar su cetro y a prepararse para conjurar un nuevo hechizo. De reojo, sin embargo, observó la aterrorizada expresión de Ayla, mas era demasiado tarde para reaccionar. Sorpresivamente, sintió un intenso frío en sus muslos, muñecas y cuello, y no pudo moverse más. Con dificultad bajó la vista y observó como una serie de estacas de hielo se habían emanado desde la daga que antes había bloqueado y ahora habían atravesado sus piernas, brazos y cuello. El frío de las estacas adormecía sus músculos impidiéndole sentir dolor, a pesar que de estos la sangre emanaba como un manantial. Arkhael recogió su otra daga, se acercó al hechicero y le dió el golpe de gracia, tras el cual las estacas de hielo desaparecieron y lo dejaron caer, agonizante.

-S...S... S... Sombra... Pe....ro cómo... Ustedes fueron...
-No, no fuimos -sentenció Arkhael. La última puñalada había dejado una porción de veneno en el pecho del hechicero, que finalmente daba su último respiro. Dándole la espalda se dirigió hacia Ayla nuevamente. La mujer se encontraba sin habla.

-Ponte de pie -dijo él- debemos continuar nuestro rumbo. La cuadrilla no tardará en llegar y nuestra mejor oportunidad es escondernos en Hylia mientras la noche perdura. Tu irás adelante, yo iré cuidando nuestra huida.

La mujer se puso de pie y comenzó a correr en dirección a Hylia. Arkhael volvió a amarrar sus cabellos, y siguió los pasos de la chica. Unos kilómetros más allá, la cuadrilla se acercaba en dirección al lugar donde Ishkaviel yacía, sin saber con lo que se encontrarían.

sábado, abril 07, 2012

La Historia de una Sombra - Cáp. II

La noche cayó sobre la ciudad de Sillium. En los alrededores de la Fuente de la Vida, la Guardia de Palacio examinaba los cadáveres de la desafortunada caravana, y los llevaban a ser sometidos a autopsias y exámenes diversos. Asimismo, se extrajeron los tesoros que portaba el carruaje y aquellos que quedaron tirados en el suelo, entre los cuales podía apreciarse que algunos habían desaparecido. Algunos guardias inconscientes fueron llevados a tratamiento para luego ser interrogados sobre lo ocurrido, y se envió rápidamente un mensaje a la Casa Rheyke para señalarle lo acontecido. En Palacio, el furioso monarca sostenía una reunión de emergencia con su Comitiva Real.

- ¡Esto no puede estar pasando! -bufó- ¡La Casa Rheyke es uno de los sustentos esenciales de la economía Silliumena, y esta carnicería nos deja en PÉSIMOS términos ante ellos!
- Lo bueno es que entre los fallecidos no se encontraba el cuerpo de la señorita Rheyke -señaló el Ministro de Relaciones Exteriores, un jóven muchacho proveniente de una acomodada familia Silliumena. Su comentario sorprendió al resto de la comitiva, que observó cómo la furia de Su Majestad escalaba a niveles insostenibles.
- ¿Lo bueno? ¿¡LO BUENO!? ¿Pero tú eres estúpido? ¿¿¿CÓMO DEMONIOS VA A SER "LO BUENO"??? ¡¡¡Ahora algún sucio mercenario, o quizás algún clan de contrabandistas la tiene en su poder, y con ello, tendrá también a la familia Rhekye en sus manos!!! ¿¿Y si fue alguien de la ciudad de Ahlba, queriendo debilitar la confianza de los Rheyke en nosotros, ah?? ¿¿Se puede saber DÓNDE está "LO BUENO" de ello?? ¡¡Imbécil!! -bramó. El joven se quedó mudo, y agachó la mirada.
- Lo que dice el muchacho no deja de ser cierto, Su Majestad -señaló el Consejero Real, cargo considerado como la "mano derecha" del Rey- El que el cuerpo de la muchacha no se encontrara entre los fallecidos es una oportunidad. Al momento de registrarse el incidente, como Ud. sabrá, las alarmas fueron dadas en toda la ciudad, y cada posible salida (inclusive los alcantarillados) fueron fuertemente resguardados por guerreros y hechiceros. La única forma de escape posible habría sido aérea, pero dados los altos muros de la ciudad eso es humanamente imposible. El abductor de la Srta. Rheyke se encuentra aún en la ciudad, y aún tenemos posibilidades de encontrarlo antes de que esto pase a mayores.

El rostro del Rey comenzó a relajarse. Las arrugas propias del paso del tiempo sobre su persona, mezcladas con las cicatrices que acarreaba desde sus tiempos de General Comandante 1° del Ejército de Sillium comenzaban a desvanecerse y reordenarse, respectivamente. Era muy característico en él que, en sus momentos de furia, las arrugas sobrepoblaran su rostro, tornando difusas sus cicatrices, y en sus momentos de relajo dichas arrugas desaparecieran, tornándose sus cicatrices más uniformes y coloridas.

- Ese es un buen punto, Consejero. Quiero que se pongan a trabajar junto al Ministro de Materias Militares en enviar cuadrillas de Cazadores, Hechiceros y Guardias en busca del bastardo que asesinó a toda esa caravana y secuestró a la hija de Rheyke. El máximo cuidado debe ser puesto en su recuperación; pero una vez asegurado su bienestar, pueden hacer con el maldito lo que quieran -ordenó.
- Sí, Su Majestad -respondió el Consejero. La Comitiva Real se levantó y se retiró a sus respectivas labores. Rápidamente se formaron las cuadrillas pedidas por el Rey, y la ciudad fue puesta en estado de máxima alerta. Una vez resonaran las 12 campanadas del Gran Campanario, todo mercader o civil que se encontrara en las calles sería aprehendido de inmediato, sin derecho a queja. Las 12 campanadas eran el tiempo suficiente para que los ciudadanos volvieran a sus hogares o buscaran refugio en algún local o residencia cercana. Esto había causado innumerables arrestos de turistas extranjeros que no conocían dicha norma, mas también habían permitido la captura de diversos criminales en el pasado.

En otro sector de la ciudad, Arkhael se ocultaba entre algunos callejones distantes del sector del incidente. Gracias a los altos muros de la ciudad, las sombras que se producían en algunos callejones eran muy oscuras y pocos se arriesgaban a meterse en estos, salvo vagabundos, ladronzuelos y uno que otro borracho perdido, buscando dónde dormir sin ser molestado. Acomodando algunas bolsas y cajas, el Asesino construyó un lecho donde recostó a la desmayada mujer, para luego sentarse frente a ella. Su entrenamiento le había provisto de una excepcional visión nocturna, la cual le permitía aprovechar hasta el mínimo atisbo de luz para observar sus alrededores.

- ¡Estúpido! -dijo- ¿Para qué me traje a esta chica? Debí haberla matado inmediatamente. Es seguro que Palacio ahora nos debe estar buscando por todas partes. No podré salir de la ciudad con ella a cuestas, pero tampoco puedo dejarla por ahí, sabiendo que me ha visto y podría reconocerme. Creo que no me queda más alternativa que acabar con ella aquí mismo y escapar. 

Empuñando una daga, observó a la indefensa mujer. Por algún motivo que no comprendía, no fue capaz de continuar con su acción. 

- Demonios... ¡Que problemático se ha vuelto esto! Y yo que lo pensé como un trabajo sencillo. Me pregunto quienes serían los que atacaron la caravana. Al matón lo recuerdo claramente, estaba junto al hombre que me buscó para este trabajo pero ¿por qué quiso matarme?
- Pro...probablemente para... para que mi muerte y la de los otros quedara ráp... rápidamente establecida como un ataque Silliumeno -murmuró la joven, que oyó los pensamientos en voz alta del Asesino. Este de un salto se puso de pie y empuñó sus dagas, listo para callarla al más mínimo intento de grito o movimiento extraño.
- No te preocupes -continuó ella- no pretendo gritar. ¿En quién podría confiar? Esta ciudad se supone que era el lugar más seguro para realizar negocios, y tu mismo viste (y fuiste parte de) lo que pasó. Aún no entiendo por qué no me matas... ¿Abusarás de mi? Yo no opondré resistencia alguna... pero por favor, hazlo ya si es lo que pretendes hacer.

La desesperanza en sus palabras conmovió al asesino. Comúnmente, una víctima en esa situación luchaba, gritaba e inclusive intentaba batallar. Pero la entrega de esta mujer a un eventual fatídico destino, por un lado causaba compasión en él, a la vez que una ferviente rabia. ¿Cómo no va a luchar? ¿Cómo alguien de tan acomodada posición no va a aferrarse más a la vida, si lo ha tenido todo? ¿Que mierda está mal con esta mujer? ¿Es acaso que la vida de quienes lo tienen todo un infierno, muy distante a lo que comúnmente observamos y creemos? eran los pensamientos que cruzaban por la mente del muchacho. 

- No pretendo "abusar" de ti, tampoco matarte -respondió, volviendo a enfundar sus dagas-. La verdad, no sé qué haré contigo, ni por qué te saqué de ahí. Quizás debería dejarte aquí, ahora que ya estás despierta, pero el hecho de que me hayas visto me aproblema. 
- No voy a denunciarte -respondió ella-. No has hecho nada malo contra mí. Y no ganaría nada con hacerlo tampoco.

Arkhael no resistió. La parsimonia en las reacciones de ella, simplemente, lo sulfuró

- ¿¡¿Es que acaso no tienes sangre en tus venas?!? ¿¿Cómo rayos te puedes dar por vencido tan facilmen---le enrostró, levantándola cogida desde el manto y las ropas que portaba. Sin embargo, y para su sorpresa, al entrar en contacto con ella pudo notar que la joven estaba temblando, que de sus ojos las lágrimas no cesaban y que, en realidad, estaba aterrada. Un terror mezcla de impotencia, de miedo, de desilución. Lo mismo que antes viera en sus ojos, ahora podía sentirlo en su piel. Soltó sus ropas y retrocedió. La mujer comenzó a sollozar, mientras él la observaba, sin saber que hacer. De pronto, escuchó un leve sonido acercarse al callejón.

- ¡Shh! -le dijo, y se precipitó a la entrada del mismo. Acercándose rápidamente, dos Magos (cada uno con una esfera mágica de fuego en sus manos, iluminando el camino), dos Guerreros (espada en mano) y un Cazador (rastreando esencias y huellas) avanzaban en dirección al callejón. El Asesino, aprovechando las sombras, extrajo una bola de un material similar a la tierra, y la hizo rodar desde la entrada del callejón hacia lo más distante posible. La bola fue desmembrándose y desintegrándose en el camino, pero avanzando rápidamente en la dirección que fue arrojada. Una vez hecho esto, extrajo una botella con un transparente líquido, que comenzó a esparcir por el callejón hasta el lugar donde se encontraba la mujer, a quien se llevó más al fondo aún. Tapándole la boca y colocando una de sus dagas contra su cuello, observó cómo la entrada del callejón se iluminaba, producto de las esferas de fuego. Las voces de la cuadrilla hicieron eco entre los muros, por lo que se podían oír claramente a pesar de la distancia.

- El perfume de Lady Rheyke llega hasta aquí -señaló Fing, el Cazador- y la otra esencia se desvía en dirección al sur.
- ¿Sola? -preguntó Thamael, uno de los Guerreros- ¿Y Lady Rheyke? 
- Puede haberla matado -respondió Fing- La esencia humana se desvanece rápidamente una vez fallece la persona. Sin embargo, tampoco percibo aroma a sangre, ni esencia de muerte.
- Puede haberla asesinado con algún veneno y haber huido con su cadáver para arrojarlo lejos y ganar tiempo -mencionó uno de los Magos, Exelas- Es lo que yo habría hecho, al menos.
- No -sentenció el otro Mago, Ishkaviel- Aquí hay algo extraño.
- ¿A qué te refieres? -preguntó Collem, el otro Guerrero- Yo no percibo nada distinto de lo habitual
- Es sencillo. Lady Rheyke usa un perfume muy particular, de producción única de la Familia Rheyke. No sería sencillo para alguien conseguir esa esencia. Creo, además, que lo que ocurrió en la Fuente fue algo que no estaba planificado de esa forma. Las formas de morir de los Guardias fueron demasiado distintas.
- También me molestaba eso -comentó Fing- pero ahora que lo mencionas, me hace sentido. Lo mismo con el estado del carruaje; era demasiado limpio para ser una simple carnicería. Si estamos en lo correcto, lo más probable es que quien escapó con Lady Rheyke sea un Asesino. Y que este quiera despistarnos...
-...pero no tuvo como replicar el perfume de Lady Rheyke en su intento -continuó Ishkaviel-. 

- ¡Maldición! Debo pensar rápido, o estaré en problemas -pensó Arkhael. Extrajo otra pequeña botella de su cartuchera y comenzó a soplar hacia el cielo.

Ishkaviel se situó frente al callejón y, con su esfera de fuego frente a el, observó la impenetrable oscuridad que se situaba entre él y Arkhael. 

- Entonces, ¡Hagamos salir a la rata, o saquémosla carbonizada si no lo hace! -exclamó, y con un rápido gesto, arrojó la bola de fuego al interior. Arkhael y la muchacha observaban atónitos la situación; dada la forma del callejón, la única salida posible era por el frente, y si la bola los atrapaba, su explosión cubriría el espacio en flamas, impidiéndoles intentar huir inclusive. 
- ¡IDIOTA! -exclamó Exelas, y, tras murmurar algunas palabras, cinco flechas congeladas salieron disparadas rápidamente hacia la bola antes disparada, neutralizándola- ¿Y si Lady Rheyke está ahí? ¿¿La vas a carbonizar también??
- ¡Él tiene razón! -señaló Collem, sujetando al mago por la extendida muñeca- ¡Debemos ser precavidos!
- ¡Ustedes son los idiotas! -replicó Ishkaviel, soltándose del agarre del Guerrero- ¿Acaso no recuerdan que Lady Rheyke portaba un Manto de Dragheel? ¡Las fibras con las que el manto está confeccionado hacen a su portador inmune a las flamas! ¡Estamos perdiendo tiempo!

En la mano del mago, nuevamente las flamas comenzaban a condensarse creando una nueva bola de fuego. Se aprestaba a lanzarla, cuando una multitud de gatos desde el sur corrió hacia la entrada del callejón, sucios con un polvo púrpura. A su vez, una bandada de aves salió desde este, y aves y gatos comenzaron a revolotear entre ellos. Fing observó que entre las garras de uno de los animales se encontraba una cadena dorada enredada.

- Observen -señaló- este pájaro tiene una de las cadenas del tesoro Rheyke. 
- ¿Y qué con eso? -respondió Ishkaviel, con el hechizo ya listo.
- Estos animales se estuvieron persiguiendo entre ellos -dijo Fing- El polvillo morado es barro de los alrededores de la Fuente.
- ¡O sea, que estos pajarracos se robaron las cadenas y el resto sólo iba detrás de su cena! -bramó Thamael- ¡Y hemos estado persiguiendo a un grupo de animales estúpidos todo este tiempo! 
- Eso parece -respondió Fing-. Una vez que los pájaros huyeron hacia los cielos es imposible seguir la pista de la esencia. Y los felinos, por lo que observo, simplemente siguieron su recorrido.
- ¿Y por qué el polvo de barro? - señaló Ishkaviel
- Es evidente -replicó Exelas- Estaban en la fuente tratando de sacar peces azulinos. 
- Sea lo que sea, esto ha sido una pérdida de tiempo -suspiró Collem- Volvamos al punto de inicio e investiguemos otro sector.

Ishkaviel no quedó del todo conforme. La cuadrilla comenzó a emprender su retorno, y el mago siguió observando el callejón. Arkhael lo observaba fijamente a los ojos, sin emitir sonido alguno. Cuando sus compañeros se alejaron, el mago conjuró una pequeña bola de fuego que arrojó hacia los gatos y las aves frente al callejón, que rápidamente se dispersaron. Dio media vuelta y se fue rumbo a sus compañeros, mientras la bola de fuego atravesaba el callejón. Corriendo hacia ella, Arkhael desenvainó sus dagas y con una serie de rápidos cortes pudo apagar la enemiga flama. 

- Eso estuvo demasiado cerca -suspiró- Si hubiera detenido la primera bola de fuego, habrían sabido que estábamos aquí dentro. Afortunadamente aún me quedaba Esencia de los Pantanos, tan atractiva para los animales de esta zona. Pero es seguro que vuelvan otros por aquí y el truco no funcionará dos veces. 
- ¿Qué harás entonces? -preguntó la mujer.
- No puedo arriesgarme a dejarte acá -replicó Arkhael- Ahora qué sé que portas un manto de Dragheel, me eres más útil aún. Claro está, si yo portara el manto atraería demasiada atención de fuera, por lo que tendrás que ser mi escudo humano hasta que logre alejarme lo suficiente de esta ciudad y que las cosas se calmen. Las ciudades vecinas aún deben ser ignorantes de lo que aquí ocurrió, por lo que la estrategia más segura será escapar a la ciudad costera de Hylia. 
- Pero las entradas están protegidas y resguardadas... 
- No saldremos por la entrada -sonrió el Asesino- Que esta cuadrilla haya desechado esta zona nos dará suficiente tiempo para escapar escalando los muros. La luna de hoy también favorece la oscuridad, por lo que no seremos vistos. Lo siento, pero no tienes más opción que venir conmigo.

Arkhael trepó rápidamente por los muros del callejón y observó el lugar. Recogiendo algunas cuerdas utilizadas en las cercanías, más algunas basuras y otros que podían ser utilizados como cuerdas, subió a la mujer hasta los techos y luego bajó con ella fuera de la ciudad. Sin embargo, algo le molestaba.

- Esta mujer, sin duda alguna, lleva un manto de gran valor -pensó- pero no hay forma que sea un Manto de Dragheel. Los pocos que aún existen están fuertemente resguardados por su valor militar, y ni siquiera el poder económico de la Familia Rheyke podría asirse de uno de ellos. Sólo los Líderes del Gremio de los Asesinos y de los Magos, así como los que pertenecimos a la Órden de los Oscuros conocemos el paradero de estos Mantos y su desaparición. ¿Cómo pudo entonces ese mago exponerse a la situación de efectivamente asesinar a esta mujer? Ese tipo sabe más de lo que aparenta.

Con la luna situándose sobre Sillium, Arkhael y la mujer Rheyke emprendieron camino hacia la ciudad porteña de Hylia.

jueves, abril 05, 2012

La Historia de una Sombra - Cáp. I

Faltaba poco para el atardecer. En las calles, y sobre los adoquines, los comerciantes intentaban vender sus mercancías restantes antes de cerrar la jornada. La ciudad de Sillium se caracterizaba por ser una ciudad de gran comercio y atraer a viajeros y mercaderes de todos los rincones del continente. Su arquitectura clásica, mezcla de piedra con ladrillo, habían mantenido sus construcciones sin cambios a lo largo de las décadas, pareciendo a ratos una ciudad "perdida en el tiempo", considerando las inclemencias naturales que habían arrasado con las ciudades vecinas que lentamente se habían vuelto a levantar, mientras que Sillium seguía "sin rasguño alguno".

Por la avenida principal una larga caravana, seguida por un refinado carruaje, se abrían paso tras haber realizado diversas negociaciones. Las cortinas que cubrían las ventanas de la caravana no permitían ver a quienes se encontraban dentro de esta. Tampoco era posible verlos realizando las compras pues quienes negociaban eran los sirvientes que acompañaban la caravana, pero estos eran asesorados y ordenados por los miembros de la familia Rheyke desde el interior de la misma. La identidad de los miembros de esta familia se había reservado férreamente a lo largo de los últimos años, pues habían sido objeto de variados intentos de asesinato, por parte de otras familias mercantes celosas de su patrimonio y su capacidad para negociar.

En la entrada de los callejones, justo al costado de un negocio de frutas, un esbelto joven se apoyaba sobre el muro. Sus largos y trenzados cabellos azulados se mezclaban con un oscuro y también largo pañuelo carmesí, que asemejaba a ratos una bufanda, cayendo largamente tras su espalda y cubriendo la mitad de su rostro, solamente dejando a la vista sus ojos, uno azul y el otro pardo. Su ropaje, de un púrpura claro, bien ceñido a su figura, dejaba entrever las placas de metal que se encontraban tras los ajustados géneros en forma de vendajes, aunque algo rasgados e inclusive gastados.. Sus brazos sólo eran cubiertos por unos vendajes en los bíceps, y por unos guantes púrpura, tan ceñidos como el ropaje. Destacaba en su brazo izquierdo un tatuaje, que si bien se encontraba cubierto por el vendaje, dejaba entrever una figura con una larga y puntuda cola. En sus piernas, Arkhael vestía unas negras calzas, y acompañadas de unas botas púrpura como su vestir, que le cubrían hasta las canillas, las cuales eran también protegidas por láminas metálicas ocultas en el calzado. En su cinto y hacia su espalda, dos afiladas dagas envainadas descansaban, y en sus flancos, dos pequeñas cartucheras parecían estar llenas o de monedas o de algo más. El hombre observaba desde su lugar el paso de las caravanas, mientras silbaba una suave tonada.

El sol comenzó a descender. Tras pasar por detrás del Gran Campanario, al norte de la ciudad, la sombra proyectada por este marcaría la última media hora cual reloj de sol gigante, antes de la caída de la noche. En este proceso, la sombra recorría la mitad sur de la ciudad, gradualmente, comenzando su ensombrecimiento en Palacio, continuando en la Gran Avenida Mercantil, y terminando en la Fuente de la Vida. Dicho espectáculo era gratamente esperado a diario por todos los Silliumenos, pues simbolizaba el término de otra productiva jornada y el momento en que el mundo llamaba al descanso, para la jornada por venir.Palacio hacía encender las luces de sus jardines y de la fachada del castillo, mientras la caravana de la familia Rheyke comenzaba a dar la vuelta hacia la Fuente. 

Desde el segundo piso de la Residencial Central, un hombre observaba a la caravana avanzar. No perdía detalle alguno de los movimientos de los sirvientes y del conductor del carruaje. Observaba claramente a la decena de guardias que caminaban frente y tras el carruaje (cuatro al frente, cuatro atrás, y uno al costado de cada puerta), y a los dos Asesinos que acompañaban al conductor. La familia Rheyke no escatimaba en gastos a la hora de protegerse, y esto hasta ahora les había permitido continuar con vida. 

Hasta ahora.

Cuando la sombra del Gran Campanario se situó sobre la Avenida, Arkhael se mezcló entre las sombras y rápidamente se tornó "invisible". Mezclado entre la muchedumbre, con pisadas que no resonaban en los suelos, y con una agilidad propia de quien sigue los caminos de la muerte, raudamente se fue aproximando a la caravana. Había estudiado metódicamente los tiempos y lugares por los que tendría que pasar la caravana, y había identificado un punto ciego en que la Guardia Real no tenía visibilidad del paso de esta, y en que su presencia tampoco podría ser percibida. En ese instante, tendría la oportunidad de acabar con los guardias que protegían la caravana en su retaguardia y acabar con uno de los asesinos, mientras la sorpresa del momento confundía a los otros guardias y al otro asesino. En ese mismo lapso de tiempo, podría escabullirse dentro de la caravana, asesinar a los Rheyke, y dejar sólo a uno que ahuyentara al resto de los guardias del lugar, con una falsa pista.

-No es nada personal, Rheyks -pensó- pero para esto me pagaron. Además, ya tantos años de vida tampoco les quedan. Al menos ayudarán a un ciudadano a subsistir con su partida. Prometo hacerlo rápido e indoloro.

Pero no era el único que había estudiado la zona. El hombre desde la ventana se cubría con un encapuchado y largo manto, para luego bajar raudamente por las escalas hasta el frontis de la Residencial. Justo en el minuto en que salía, una sombra -Arkhael- pasaba frente a él, sin reparar en el misterioso personaje. El hombre comenzó a hacer juegos con una de las lámparas de la calle, haciendo parpadear la luz de esta, y Arkhael finalmente se apegaba tras la sombra de la caravana.

- Me corre un frio por la espalda... -comentó uno de los guardias
- Pensaba en lo mismo. Lo bueno es que ya estamos por salir -replicaba otro.
- Si hubiera sabido que estos burguesitos iban a ser una tarea tan peligrosa, me quedaba trabajando en el circo... ¡Los Dragones de pantano son menos peligrosos que cuidar a estos! -exclamó otro más. Sus compañeros reían.
- .....! - La respuesta del 4to guardia se vió súbitamente silenciada antes de iniciarse. Arkhael extrajo una aguja envenenada de una de sus cartucheras y la clavó en el cuello del guardia, directo en la arteria. El veneno tuvo un efecto paralizante inmediato, y el cuerpo del asaltado era dejado en el piso, silenciosamente. La sombra del Gran Campanario comenzaba a situarse tras la caravana, y el bulto quedaría cubierto por la oscuridad antes que alguien pudiera notarlo. Rápidamente dio un paso hacia el costado, y extrayendo una de sus dagas, cubrió fuertemente la boca del guardia del otro extremo, para luego cortar el reverso de sus rodillas, hacerlo caer a piso y luego noquearlo con un fuerte golpe a la nuca. 

- ¿Compañero, me pasas la cantimplora? Muero de sed -dijo uno de los guardias restantes. Al notar que no hubo respuesta, volvió a preguntar: ¿Compañero?

Fueron menos de dos segundos los que transcurrieron entre que el guardia giró la mirada al costado buscando a su compañero, y que (tanto él como el guardia restante) sintieran sus gargantas enmudecidas por el doloroso frío de las dagas de Arkhael, seguido de un ardor que entumecía sus cuerpos y que, finalmente, tornaba todo borroso, hasta finalmente acallarse sonidos, olores, sensaciones. Arkhael sostenía los cuerpos de ambos y, lentamente, los dejaba en el piso. A pesar de su delgada y ágil figura, el muchacho tenía una gran fuerza, la necesaria para su profesión.

-Listo, sólo faltan el guardia de la puerta y el mercenario, y estará todo list---

Arkhael vió una sombra aparecer repentinamente frente a él. Dada la velocidad con la que se movían debió saltar para evadirla, y ahí notó que la sombra era el guardia restante.

- ¿Pero qué...? -exclamó.

Un fuerte alarido se oyó desde el frente, y la caravana se detuvo en seco. El asesino cercano a Arkhael se bajaba del carruaje, dando la espalda a Arkhael, y se dirigía rápidamente hacia donde se había oído el alarido. "No sé que rayos estará pasando aquí" -pensó- "pero voy a aprovechar la oportunidad". Raudamente se acercó a la puerta lateral del carruaje mientras los alaridos, los gritos de dolor y el olor a sangre se intensificaban, y finalmente las alarmas de Palacio se hacían sonar. 

-Mierda -exclamó- debo apresurarme.

Rápidamente se metió al carruaje, daga en mano. Para su sorpresa, sólo había una persona dentro del mismo, también cubierta de un manto y una capucha, con el escudo de la familia Rheyke bordado en el pecho. Arkhael se preparó a asestar su golpe y tomar el bordado como recompensa, cuando notó que había otra presencia en el carro. Apenas logrando evadir el sorpresivo ataque, observó como un hacha se clavaba en el asiento a su lado. Una mezcla de dientes dorados y amarillentos, un aliento a alcohol y una carcajada se abrían paso en la poca luz que aún llegaba al carruaje. 

- Te estaba esperando, Asesino.
- ¿Tú? Le dije a tu jefe que el trabajo estaría listo esta noche, ¿qué demonios haces aquí?
- Eres muy estúpido, ¿no? o ¿no entendiste que parte del trabajo, es que TU TAMBIÉN TE MURIERAS?

El hacha nuevamente se levantó, y Arkhael logró evadirla apegándose al piso, mientras su rival la agitaba de lado a lado, quedando esta vez clavada en la puerta. Sacando su otra daga, lanzó una estocada mortal a su rival, la que fue bloqueada por el metálico guante que este portaba, haciendo que algunas chispas salieran producto del impacto. La figura Rheyke se mantenía estática en un rincón paralizada del miedo, temerosa por su vida. Nuevamente, el hacha se desclavaba de la puerta y nuevamente se lanzaba en busca de la sangre de su objetivo, quien nuevamente conseguía evadirla, pero sintiendo cómo el aire se cortaba tras el paso de la misma. Afuera, el sonido de las pesadas botas metálicas de la Guardia de Palacio comenzaban a resonar entre las calles que llevaban hacia la Fuente de la Vida. Arkhael sabía que enfrentarse a la Guardia sería una tarea demasiado difícil, considerando la situación en la que se encontraba, por lo que la única alternativa que tenía era terminar el combate luego, o escapar de ahí a la brevedad. Antes que nuevamente se lanzara contra él, el asesino se quitó su pañuelo y lo arrojó a su adversario, el cual lo atajó con su mano libre. Arkhael lanzó una estocada que fue fácilmente evadida por este, quien luego le asestó un puñetazo que arrojó al asesino de vuelta al asiento.

-¿Pensaste que un truco tan básico te iba a funcionar conmigo? ¡IDIOTA! ¡MUER--!

Arkhael sonrió. Para sorpresa de su enemigo, su hacha ya no poseía la hoja, y ahora era sólo un pedazo de madera inútil. En algún momento que él jamás comprendería, Arkhael había cortado la madera mientras recibía el puñetazo antes dado por él. Y esos segundos de sorpresa bastaron para que la envenenada daga se infiltrara en 5 puntos vitales y acabara con la vida del desgraciado. El asesino recogió su pañuelo y rápidamente lo vistió nuevamente, a la par que envainó sus dagas y se aprestó a extraer otra de sus envenenadas agujas para terminar la labor.

- Lo siento -dijo- no es nada personal. Ahora y tras lo ocurrido en realidad no quisiera matarte, pero has visto mi rostro, y eso no lo puedo permitir. 

Por uno de los quebrados vidrios del carruaje, entró una fuerte ventolera que descubrió la capucha que cubría el rostro del paralizado Rheyke. Para sorpresa de Arkhael, su objetivo era una mujer, de azules ojos, oscuros cabellos ondulados y piel trigueña, de no más de 18 a 20 años, muy distante de algún viejo aristócrata o algún despiadado hombre de negocios como él esperaba. En sus ojos, el asesino observó el temor a la muerte, en su más pura esencia. Había visto esa mirada tantas veces, pero algo había distinto. Por primera vez, no veía ojos sanguinarios, o teñidos de corrupción, o de maldad, o de engaño. Por primera vez veía solamente una mirada transparente como agua. Como de alguien que no conocía lo que eran los bajos mundos o los negros mercados donde él era contratado. 

Y titubeó. La mujer tampoco gritó ni intentó hacer nada, y -quizás presa del pánico- se desmayó. Las pisadas y las lanzas de la Guardia estaban ya a punto de alcanzarlos. Arkhael recordó las palabras dichas por su ahora fallecido rival, y temió que alguna otra emboscada lo esperase fuera, por lo que decidió llevarse a la mujer como una suerte de "seguro de vida". Saliendo del carruaje y con ella en brazos, se escabulló nuevamente entre las sombras y desapareció entre los callejones, mientras la Guardia llegaba a constatar la matanza de la que había sido víctima la caravana.


miércoles, abril 04, 2012

miércoles, marzo 28, 2012

"Discriminación" y "Tolerancia"... ¿Dónde queda la "consecuencia"?

discriminar.
(Del lat. discrimināre).
1. tr. Seleccionar excluyendo.
2. tr. Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.

tolerar.
(Del lat. tolerāre).
1. tr. Sufrir, llevar con paciencia.
2. tr. Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.
3. tr. Resistir, soportar, especialmente un alimento, o una medicina.
4. tr. Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

Fuente: RAE

Lamentáblemente, el día de hoy nos vimos enfrentados a una triste (pero ya prácticamente inevitable) noticia: el fallecimiento de Daniel Zamudio, el joven gay que fuera brutalmente apaleado por un grupo de jóvenes que consideraban su opción sexual como "un error", y decidieran "castigarle" por ello. Ante esto, las redes sociales y el comentario nacional explotó al unísono reclamando contra este acto de "discriminación e intolerancia", desplegando campañas y peticiones de leyes anti-discriminación y repudiando tajantemente este tipo de actos.



Hasta ahí, todo bastante bien, estamos todos bastante de acuerdo... pero... ¿Tanta gente está genuinamente preocupada por la discriminación y la intolerancia? ¿En serio?


Ahí es donde empieza a incomodarme un tanto el tema. ¿Le suena extraño? Haga un ejercicio simple: salga a la calle y observe, escuche. Párese en un paradero de micro donde confluyan representantes de todos los NSE (Nivel Socio-Económico). Observe cómo se miran entre ellos. Observe que pasa cuando uno de estos pone su música a todo volumen en la micro, se baja. Lo que comentarán los otros más tarde ("flaite y la $?#@$"# apaga tu música"). Fíjese lo que dice la gente cuando ve a alguien con sobrepeso o demasiado delgado. O muy chico. O muy alto. O de tez muy oscura o clara. O tantas otras. O cómo se sulfuran los ánimos cuando alguien simpatizante de la derecha hace un comentario X y le cae el cartel de "facho" como si fuera un reflejo condicionado (o "comunacho", en el caso opuesto). ¿Y dónde quedó la tolerancia ahí? ¿No que "no a la discriminación"?


Como leí en Twitter hoy, "twittear que no a la discriminación y la intolerancia, y luego insultar a Hinzpeter por "judío", o a Zalaquett por "turco" " es un doble estándar muy clásico de nuestra idiosincracia. Revolucionario de la boca para afuera, neutral de la boca para afuera, con la expresión pública que dice mucho, pero que en el fuero interno se contradice. Y va desde cosas leves hasta casos bien extremos.


Y ojo: esto nos toca a todos. Aquí a todos les queda el sombrero. Y si no lo cree así, espérese a ver el próximo partido Chile - Perú, o a la nueva noticia de farándula sobre Kena Larraín. Veamos si se "salva" de lo antes expuesto.


Que no se malentienda: todos podemos tener opiniones, perspectivas, ideologías y posturas distintas. "En la diversidad está el gusto", estamos más que claros en ello. Nadie espera que todos pensemos igual, porque -además de utópico- sería una lata. Sin embargo, eso no implica que nadie tenga el derecho o la atribución de aplicarle etiquetas descalificadoras al que piensa distinto, como si fuera máquina etiquetando envases. Respete y será respetado. Tolere si quiere tolerancia. No discrimine si quiere hablar de ello. Pero sea consecuente con lo suyo, no sea hipócrita. Porque eso es peor que ser discriminador o intolerante, pues le suma el cinismo.


Que el fallecimiento de Daniel Zamudio nos recuerde a fuego que la "discriminación" y la "tolerancia" de la que tanto algunos se llenan la boca (o los teclados) es de dos vías, y no sólo en temas como la orientación sexual. Cotidianamente la discriminación y la intolerancia hacen nata, y el respeto por el otro más parece mito urbano que un valor básico del ser humano. La educación esencial parte por casa, por uno mismo, en el trato hacia los otros. Por favor, sea consecuente, y no sea parte de las "masas" que siguen el tema de turno y ahí se manifiestan, pero apenas salga otro, habrán cambiado el switch a ese nuevo tema.

Gracias.

martes, marzo 27, 2012

Expedición a las Sombras - I

[8vo y último por ahora, hasta que encuentre otros publicables. Este es un fan-fic de un juego online.]

Clank, clank, clank.

Paso a paso, los pesados metales de las armaduras resonaban al chocarse hombreras con pecheras, botas con rodilleras, y así sucesivamente. Cuatro hombres observaban, a pocos pasos de distancia, la fornida espalda del jóven guerrero que había solicitado sus servicios por medio de considerables sumas de oro. A más de alguno les sorprendió el ver a tan jóven luchador pararse frente a ellos de igual a igual, ordenándoles seguirle, y viendo como sus carcajadas de respuesta eran silenciadas por el tintineo de las monedas doradas que caían en sus manos.

- Osado el mocoso -murmuró ShakaZulu a su colega Borborius- pero se ve que es un guerrero entrenado.
- Tienes razón, Zulu -sonrió Borborius- esto puede ser interesante.

Pasos más atrás, dos ancianos, cubiertos de trapos y acompañando cada pisada con un largo bastón de madera, escuchaban los comentarios de los mercenarios. Entre sus ropas cargaban pequeñas bolsas con hierbas de distintas especies, y pociones variadas. 

- Ojalá su osadía no se transforme también en estupidez. No quiero tener que usar todos mis recursos en una tropa de estúpidos suicidas.
- Si usas todos tus elementos, es porque has perdido el toque, viejo inútil -rió Icónicus, mercenario curandero, respondiendo a las palabras de Asumáricus, su quinto hermano. En algún momento fueron fieros combatientes y honrados continuamente tras las batallas del Imperio; ahora, sólo eran dos viejos y menospreciados mercenarios ancianos.

El grupo avanzaba a paso seguro y firme en dirección a los Bosques Oscuros. Horas antes, el gordo Tabernero había colgado en la entrada de su posada una misión bien recompensada, solicitada por una noble familia, para rescatar a uno de sus sirvientes más preciados. Este había ido en busca de maderas especiales de los Bosques Oscuros, y nunca regresó. Ante esto, el guerrero Arthorius vió una excelente oportunidad de ganar fortuna y fama, para mejorar su entrenamiento y sus armaduras en pos de coronarse como el campeón de la Arena, dentro de su categoría.

Poco a poco, las elevadas copas de los árboles se hacían más presentes e imponentes. Arthorius detuvo su paso en seco, y cogió su espada desde su cinto.

- Huele a sangre -comentó- Mercenarios, preparaos. 

Borborius se situó frente a su empleador, y Zulu a uno de sus costados. Un poco más atrás, los dos curanderos preparaban ya sus pociones y conjuros en caso de cualquier ataque. Lentamente, y en esa nueva formación, atravesaron los grandes Troncos Cruzados, una formación natural de árboles que señalaba la entrada al Bosque. A los pocos pasos de haber entrado, el olor a sangre se hizo cada vez más notorio y penetrante.

- Mire, mi señor. Veo sangre en ese árbol -señaló Zulu.

Arthorius observó el árbol con cuidado, y tras este, pudo apreciar el desgarrado cadáver de un jóven con precarias vestimentas. A su lado yacía una pila de maderos. 

- Maldición -exclamó Arthorius- el bastardo ha sido asesinado. Tendremos que llevar su cuerpo a sus patrones para cobrar el dinero del rescate solicitado.
- Essssssso... ¡SI LOGRAN SALIR DE AQUÍ! -gritó alguien, oculto entre los arbustos. Arthorius y su grupo reasumieron la formación de combate, y observaron los alrededores. A pocos metros del cadaver, un calvo forajido se hizo ver, las manos cubiertas de sangre y la boca también.

- ¿Pero que demonios? -se sorprendió Arthorius, robando las palabras que sus cuatro mercenarios pensaban en ese segundo. Sosteniendo firmemente la espada, observaron tensamente las acciones de su sorpresivo enemigo.

- El maldito idiota no quisssso entregarme sussss pertenenciasssss... ¡Y PEOR AÚN, QUISO CORRER! No me dejó otra alternativa QUE TRATARLO COMO UN SUCIO PERRO... bwaaaHHAhAhahAHahAHA -rió el Asesino.
- Por tu estupidez hemos perdido una misión -sonrió Arthorius-. Pero no está todo perdido. Si llevo tu cabeza a los dueños del bastardo que asesinaste, mi recompensa se verá multiplicada. ¡Prepárate a morir!

El guerrero sacó a relucir todo su entrenamiento, basado en las legendarias artes Espartanas, y se lanzó en frontal ataque a su rival. Rápidamente lanzó una estocada a su flanco, mas el asesino la evadió con relativa facilidad. Sin dar pié a descanso alguno, Arthorius giró sobre sus talones y arremetió nuevamente, siendo esta vez detenida su estocada con el filo de dos cuchillas que portaba el calvo agresor. Borborius extrajo su tridente e intentó atacar al asesino por la espalda, rasgando las ropas de este y rasguñando su piel, lo que enfureció a su enemigo. ShakaZulu por su parte lanzó un fuerte martillazo sobre la cabeza del agresor de su amo, pero el movimiento fué demasiado lento y muy fácil de evadir por el asesino. Rápidamente, este dió dos saltos sobre sus manos y se alejó unos pasos del grupo.

- Veo que no vienen con juegossssss ¡LOS BASTARDITOSSSSS!... pero eso PRECISAMENTE es ¡¡¡LO QUE ESTABA BUSCANDO!!!

Riendo con una tétrica carcajada, el asesino lamió las hojas de sus cuchillos y se lanzó sorpresivamente sobre Icónicus. Borborius se lanzó a interceptar el ataque, pero pronto comprendió que este era solo una finta. Antes de poder reaccionar, las dos cuchillas del asesino se habían clavado en sus muslos y habían desgarrado su carne, abriendo dos grandes agujeros de los cuales comenzó a brotar la sangre en gran cantidad, haciéndole caer de rodillas al suelo. ShakaZulu se quedó atónito, y por poco recibe un corte en el cuello, si no fuera por la ágil intervención de Arthorius bloqueando la daga rival. Asumáricus rápidamente corrió hacia Borborius a curar sus heridas, pero fue interceptado por el asesino que ya se había alejado de Arthorius. Tomando la mano del anciano, giró el brazo hacia su espalda haciendo crujir su hombro y neutralizando su brazo derecho por completo. El anciano, gritando de dolor, cayó al piso y comenzó a revolcarse, intentado aplacar de alguna forma el profundo sufrimiento que le producia la acción del loco asesino, quien cada vez que infligía algún daño reía más y más fuertemente.

Arthorius volvió a arremeter hacia el Asesino, y esta vez consiguió clavar la hoja de su espada en el brazo de su rival, que soltó un alarido de dolor. "Lo tengo" pensó el guerrero, cuando de pronto sintió un sorpresivo frio en el estómago. El alarido del asesino había desaparecido y en su lugar una sonrisa se dibujaba. 

- Pensaste que me tenías... ¿NO, IDIOTA? -rió. En el vientre de Arthorius una de las dagas se encontraba clavada en su totalidad, y la sangre teñia la tela de su armadura de un intenso carmesí.
- Mal...dición... ¿Esto... esto era... esto era todo lo que podía hacer? -pensó, y cayó de bruces al piso. El asesino extrajo la daga de su vientre y lamió nuevamente el líquido que en esta se encontraba impregnado ahora.

- Mierda -murmuró Zulu, y luego miró de reojo a su compañero curandero- Icónicus, sólo estamos nosotros ahora. ¡Nuestra única oportunidad de sobrevivir es combatir juntos! Prepara tus---
- ¡A TU DERECHA! -gritó Icónicus, pero Zulu no alcanzó a reaccionar. Las filosas dagas del asesino se clavaban en las palmas de sus manos y le hacían soltar el martillo, que cayó sobre sus pies quebrando sus huesos. El africano combatiente perdió toda noción del momento sucumbiendo ante el dolor. A su lado, Borborius yacía inconsciente, sobre la suave alfombra roja que su sangre había hecho en la hierba bajo él. Icónicus, por su parte, tropezó con sus propias ropas al querer escapar, y sintió como el pestilente aliento del asesino se acercaba cada vez más a él. Esperando su muerte, se sorprendió cuando el asesino dio la vuelta y se dedico a cortar y desgarrar la carne de los brazos, piernas, espaldas y vientres de los caidos guerreros y de su hermano Asumáricus. La escena era terrorífica, y en varios momentos sintió que se desmayaría, pero el mismo terror le mantenía consciente y atrapado en la escena. Cuando el desquiciado asesino sació su sed de sangre, y nuevamente había teñido su boca con la sangre de sus nuevas víctimas, guardó sus dagas nuevamente en sus fundas y se acercó a Icónicus.

- Te voy a perdonar LA VIDA, bastardo... por hoy ya he BEBIDO SUFICIENTE. Eres AFORTUNADO, ¡AGRADECEME! - dijo. Icónicus intentó coger su bastón, y el asesino pateó su cabeza fuertemente, dejándolo totalmente inconsciente. Icónicus vió como su vista se nublaba, y terminaba observando el cielo entre las tupidas hojas de los árboles que le rodeaban. Un poco más allá, Arthorius intentaba ponerse de pie. Colocando su mano en su vientre e intentando detener la hemorragia, se arrastró hacia Icónicus para despertarle. "Hoy me habeis rechazado en tus dominios, oh Plutón, y hoy os he fallado, Marte... mas no será este mi fin... ni será esta mi última historia" murmuró, antes de perder el conocimiento definitivamente, mientras Icónicus rápidamente comenzaba a trabajar en la herida de su vientre.

Una tarde

[7mo escrito recuperado. Este fue participante de un concurso de literatura en mi colegio, y quedó entre los 3 ganadores de dicha competencia.]

5 de la tarde; el lugar, una estación de tren subterráneo (o “Metro”). 

La situación es algo incómoda, pues es el entorno de un antiguo (pero no por ello menos intenso) recuerdo. Si bien ya son 2 años de ello, la imagen está tan viva como si hubiese sido hace 1 minuto. Afortunadamente, esta vez la ocasión es mucho más favorable que en aquel entonces. Los autos pasan con gran frecuencia por la avenida que está al costado, aunque irónicamente, de la misma forma que esa vez. La noche se va aproximando a pasos agigantados, a la vez que los colores de la acera también van cambiando sus tonalidades al encenderse el alumbrado público. 

Celular en el oído buscando el horizonte, y en él, aquel rostro que estaba esperando. El tiempo se detiene y se congela al cruzar sus ojos la línea visual de esos ojos que tan bien conocía, en tantos momentos diferentes de su vida: en celebraciones, en momentos serios, en funerales, en el umbral escondiéndose de la lluvia, en la intimidad y hasta en la misma oscuridad. Podía apreciar también como aquellos ojos le observaban de la misma forma, justo como ese día, ese dichoso día… ¿Habría sucedido otra vez? O más bien, ¿estaría sucediendo de nuevo? ¿Cómo sería posible? ¡Ya habían pasado 2 años! 

Las cosas eran tan distintas. Ella no apartaba los ojos de él, hasta que poco a poco estuvieron frente a frente, igual que en aquella vez, bajo esa misma tensión que produce el saber lo que se dirá aún cuando no se ha dicho. Él decidió romper el silencio: 

-“Es lo que yo pienso, ¿no?”.
-“Si” -respondió ella, y tanto la seriedad de ambos como el ambiente mismo se encontraban igualmente tensos que las amarras de una pesada carga. 
-“Estoy ciento por ciento segura” -dijo, tajantemente. Él cerró los ojos y bajó la cara. 

Las lágrimas que brotaron de sus ojos, junto con las que ya rodaban por las mejillas de ella se hicieron marcadamente notorias. “¡Ya tengo 1 mes!” exclamó ella, desatando finalmente la alegría contenida de ambos. El la abrazó fuerte y cálidamente, mientras que bajo la luz del foco sobre sus cabezas, sus dorados anillos relucieron, fervientemente.

Micro

[6to texto de la recuperación. Este salió publicado en un diario universitario, por ahí durante el 2008, como ganador de un concurso de cuentos cortos.]

El tránsito estaba bastante conflictivo a esa hora. Subirse a una micro era casi auto condenarse a una pequeña prisión móvil. Lamentablemente, debía hacerlo, no existía otro medio de llegar donde la Javi. Me armé de valor y, asegurándome de tener todo cuanto bolsillo y cierre llevara conmigo, tanto en la ropa como en mi mochila, bien cerrado, alcé mi brazo y le indiqué al “querido” conductor que requería de sus servicios. Obviamente, este caballero se sumó a la mayoría de sus colegas y sus graves problemas visuales, haciendo caso de mi señal una cuadra más allá desde donde yo le señalizara. Corrí para alcanzarla y subí por la puerta trasera. Una vez arriba, me senté en la escala, en un pequeño espacio que quedaba entre las piernas de unos tipejos de no muy buena presencia. Más adelante, una señora de considerable humanidad miraba con cierto desprecio a estas personas. El sueño pesaba sobre mis ojos. Observé como una mano extraña se introducía en la cartera de la señora, y extraía una pequeña billetera negra. Me puse de pie dispuesto a socorrer a la dama, aun cuando su presencia no me era realmente grata, y sentí como sujetaron mi brazo. Una voz me susurró “flaco, te moví y te morí”. Por lo visto no era el único en darme cuenta de la acción. Un par de ejecutivos, más adelante, se pusieron de pie acercándose donde estaba yo. Me tomaron por los brazos y me encararon.

-¡Suelta la billetera!

-¿Billetera? –respondí asombrado, al ver que los tipejos no estaban- yo no tengo nada!

-¿Ah no? –dijo el otro- ¿y esto que es? –dijo extrayendo de mi bolsillo la dichosa billetera. Yo estaba atónito. El chofer paró la micro y llamó a unos carabineros. Me esposaron y me bajaron. ¿Qué carajo? ¿Qué hacía yo en una patrulla? ¿Y ahora que hacía yo? 

En eso, la micro dio una fuerte frenada. Al golpearme contra la baranda me desperté. Que alivio, todo era producto del cansancio. Levanté la vista y vi una mano entrando en la cartera de la señora. Ahí fue cuando decidí meter mis manos en mis bolsillos, y encender mi walkman...

Dos Caballeros

[5to texto, uno de los más extensos, dentro de una temática que me caracteriza.]

Cierto día, dos jóvenes aspirantes a Caballeros de la Corona ingresaron a la tienda del maestro forjador de la Ciudad. A pesar de sus largos años y su entrelazada barba blanca, en contraste con su notoria calvicie, el Artesano jamás había podido ser superado en sus habilidades por ningún otro joven forjador o herrero de todo el Reino. Sus manchadas manos se conservaban firmes y seguras, al igual que sus brazos, y su vista era tan perfecta como la de cualquier águila.

Ambos jóvenes eran casi totalmente diferentes el uno del otro. El primero, de blanca tez, cabellos color castaño claro, ojos azules, de alta figura y sonrisa reluciente, venía acompañado de dos sirvientes que portaban las riquezas de su Padre y la brillante armadura de oro y plata que le fuese regalada y destinada desde el minuto que nació en adelante. Con menosprecio observó las distintas armaduras forjadas por el herrero, y rió al ver las abolladuras de algunas en proceso de reparación así como la pobre vestimenta del artesano, comparándolas con sus vestimentas hiladas en seda e hilos de oro.

El otro joven, si bien de la misma estatura que el primero, era casi diametralmente opuesto a su congénere. De oscuros cabellos negros, brillosos pero algo húmedos por la transpiración del trabajo arduo, de pardos ojos brillosos, tez trigueña mezcla de las largas horas al sol y de la misma tierra que levantaba al caminar o portar cargas sobre sus hombros, vestía ropas comunes de todos los habitantes del lugar; en sus manos se apreciaban cicatrices obtenidas, probablemente, en sus largos entrenamientos y trabajos cotidianos, y su sonrisa, si bien alegre, era opacada por completo con las resplandecientes vestimentas y joyas del refinado joven que entrara a la tienda junto con él. Sobre sus hombros, llevaba un enorme saco de apariencia muy pesada y desgastada.

Colocándose dos guantes de seda antes de posar las manos sobre el mesón, el primer muchacho clamó por el herrero.

-¡Hombre, ven aquí! –le ordenó al anciano, llamándolo con una seña de la mano.
-Dígame, Señor, en que puedo servirle –replicó el artesano.

Con otra seña, ordenó a uno de sus pajes cubrir el mesón de madera con una tela roja de suave contextura, y sobre ella, la reluciente armadura.

-Quiero que perfecciones mi armadura, anciano. Quiero que la hagas más hermosa aún de lo que ya es, y que grabes en ella el escudo de armas de mi familia, en oro.
-Carezco de dicho material, mi Señor –respondió el anciano- mas puedo ofreceros un endurecimiento de sus capas y un refortalecimiento para una mejor defensa –concluyó, sonriendo.
-¿Defensa? ¿Endurecimiento? ¡JA! –rió el muchacho, estallando en una carcajada- No necesito de semejantes cosas, anciano… nadie ha tocado mi armadura con su espada, y aun si pudiera hacerlo, se destrozaría en mil astillas antes de herirme o causarme algún tipo de daño. Solo me interesa que mi armadura sea tan hermosa como yo merezco que lo sea, y que el nombre de mi familia sea visto por todos los presentes, pues mañana es seguro que seré parte de la Elite de Caballeros de la Corona.
-Pero, mi Señor, si me permite…
-No te permito nada –interrumpió el pequeño aristócrata- Haz lo que te ordeno y nada más. Si deseara tu opinión, te la pediría.

Uno de los pajes entregó al anciano una caja tallada de madera de roble con barras de oro puro dentro de ella. El anciano llevó la armadura a su taller junto con las barras de oro, y trabajó por largas horas en la confección del grabado solicitado por el joven, quien a cada instante lo apuraba y exigía rapidez en el trabajo. Dos horas más tarde, el anciano salió con la armadura finalizada, con una enorme águila dorada en el pecho de la armadura. A simple vista, parecía como si un pequeño sol hubiera salido de aquel taller.

-Hummm… decente –dijo el joven-. Te daré 1000 oros por tu tiempo, anciano, a pesar de que tardaste demasiado y no debería pagarte más de 400 oros, pero soy bondadoso y te permitiré comer mejor una vez en tu vida, más que sea.

El anciano recibió la paga, mientras el joven de oscuros cabellos observó como el anciano cubría con su cuerpo una lista de precios colgada en el muro, donde podía apreciarse claramente el valor de su trabajo realizado: 3000 oros, demora 3 días. El acaudalado muchacho ordenó a sus sirvientes coger la armadura y la tela roja, y se retiraron del lugar, no sin antes mirar casi como a un perro callejero al humilde espadachín que aguardaba su turno. Guardando los oros recibidos por su trabajo, el anciano observó al humilde muchacho dudar en acercarse a él o retirarse del lugar directamente.

-¿Qué sucede, joven amigo? ¿Tienes trabajo para mi?

El joven titubeó, antes de responder.

-Mis respetos, honorable maestro herrero… Vine aquí con la intención de solicitarle vuestra ayuda y servicios en pos de reparar y fortalecer mi armadura y espada, pues también debo enfrentar el combate final para la selección de los Caballeros de la Corona, y me temo que ambas están muy desgastadas luego del largo proceso de evaluación que esto ha requerido y los combates enfrentados en los viajes de casa a palacio y viceversa, además de no poseer un buen lugar donde guardarle a salvo de golpes y abolladuras.
-¿Y entonces, por que no me presentas tu armadura y tu espada, joven señor? –preguntó el anciano
-Pues, he visto como cubrió sus honorarios de la vista de su anterior cliente, y me temo que no poseo ni llegaré a poseer el dinero para honrar vuestro trabajo, ni para cubrir los materiales necesarios para dicha labor, mi Señor… -respondió el joven con profunda tristeza y resignación.

El anciano tomó de entre sus cosas un pequeño escobillón de mano y quitó el polvo que había sobre el mesón. 

-Coloca tu armadura y tu espada aquí, jovencito –le sonrió- quisiera observarlas, si me lo permites.

El espadachín puso el saco sobre el mesón del artesano y lo desató con sumo cuidado, evitando que sus desgastadas telas se rasgaran al desatarlas mal o demasiado fuertemente. Dentro del saco, una armadura plateada, algo opaca de polvo y desgaste, y con una serie de abolladuras por doquier era presentada, junto con una espada cuyo filo se encontraba dentado e imperfecto, aun con restos de metal en su hoja, probablemente de alguna que otra armadura que combatiera en manos del guerrero. Tanto la armadura como la espada poseían, casi difuso, el emblema de un león rugiente, desteñido y casi imperceptible para quien no se fijara en un detalle tan sutil como aquel. 

-¿De cuanto dinero dispones, hijo? –preguntó el anciano.
-Solo poseo 600 oros, mi Señor –respondió el muchacho, con los ojos algo brillosos y los dientes apretados por la impotencia de no poder regresar a casa honrando el esfuerzo de sus padres por proveerle de una armadura tan resistente y un arma de tal calidad, y de además tenerlas en aquel estado tan deplorable.
-¿Qué es lo que tienes en tus muñecas, hijo? –preguntó nuevamente el anciano, señalando dos especies de muñequeras metálicas que portaba el joven.
-Son un regalo de mi Padre, mi Señor –respondió- A falta de un escudo, y con el fin de no dañar en demasía mi espada, utilizo mis muñecas para protegerme de algunos embates a la hora de combatir.
-¿Y aquel pectoral y vuestras rodilleras y botas?
-Mi madre forjó estas piezas, mi Señor, con el fin de proteger mi cuerpo del ataque de las bestias y de posibles ladrones que encontrara en mi camino. Fundió joyas y bienes de su familia con el fin de proveerme de protección y seguridad en mi camino.
-¿Y el puñal en tu cinto?
-Es un regalo hecho por mis amigos en general, venerable señor –sonrió el joven, quitándolo de su cintura- con el fruto de su trabajo consiguieron comprarme esta arma por si llegaba a necesitarla en mi travesía, tanto para defenderme como para alimentarme (en la caza, por ejemplo) y para sentirme siempre acompañado y apoyado por ellos y ellas, en cada paso que daría en mi caminar.

El anciano sonrió, y observó una particular pieza que pendía del cuello del jóven.

-Que bello pendiente posees –sonrió- ¿Podría verlo, también?

El muchacho se quitó su pendiente y lo posó sobre las manos del anciano, que observó nuevamente al león rugiendo que viera casi desteñido en la armadura y la hoja de la espada. El muchacho observaba su armadura, su espada, el puñal y sus protecciones con notorio cariño y aprecio, llevando en ellas a sus seres queridos.

-Muchacho –llamó el anciano- He decidido reparar tu armadura
-Pero, mi Señor, no puedo pagar lo que merece tu trabajo… 
-Tomaré el oro que traes, pues debo alimentarme y cuidar la herrería, mas necesitaré pedirte algo más para poder terminar mi trabajo.
-Dígame, le escucho atentamente.
-Necesitaré de tus muñequeras, tu peto, tus rodilleras y botas, así como tu puñal, e incluso tu pendiente… Por lo que observo, son del material necesario para poder realizar mi trabajo.

El joven espadachín observó todas sus piezas, y su querido pendiente, regalo de sus padres, y un par de lágrimas corrieron por sus ojos. Dudó, largos momentos, ante la atenta mirada del anciano, y finalmente, aún con los ojos enjugados en lágrimas, asintió con su rostro a la petición del anciano, quien extendió un pañuelo a su cliente y se llevó las piezas a su taller. Trabajó en ellas por casi cuatro horas, mientras el joven observaba sus distintas creaciones y sacudía aquellas cubiertas por algo de polvo, como forma de compensar el aún insuficiente pago (según su punto de vista) en compensación del trabajo que realizaba el anciano.

Cuando las cuatro horas concluyeron, el anciano salió de su taller, con la frente sudorosa y sus mejillas enrojecidas, producto del calor con el que calentaba los materiales al fundirlos y luego fusionarlos con la armadura y la espada. Las puso sobre el mesón cubiertas con una antigua capa carmesí de borde dorado, y ante la sorprendida mirada del espadachín, una reluciente armadura plateada, con el León Rugiente tallado cuidadosamente en todo su frente, iluminaba todas las piezas en los estantes de la tienda, a la vez que desde sus renovadas hombreras pendía ahora la larga capa carmesí que antes cubría la armadura; a su lado, dentro de una cuidadosamente pulida vaina de bordes dorados y cubierta de plata encontró su espada, de pulida y reluciente hoja y de ahora dorada empuñadura, clamando por ser portada. Parecía más liviana que nunca, y más dócil que una pluma, y en cada movimiento el león tallado parecía realizar un rugido que quedaba dibujado en una estela ante los ojos del anciano y del guerrero. 

-Jamás podré pagar en su totalidad todo cuanto ha hecho por mi, mi buen Señor –tartamudeó el joven, notablemente emocionado-; me ha honrado con un trabajo perfectamente realizado y mucho más allá de lo que yo le he pagado.
-Un momento –dijo el anciano, y sacó de su bolsillo un pequeño saquito carmesí, similar a la capa que ahora poseía la armadura, y dentro de este sacó el pendiente que el joven le entregara. La figura del León ahora estaba cubierta de oro, y en su centro, una pequeña gema roja había sido anexada, como un regalo del artesano al joven guerrero.

-El otro muchacho me proveyó de tanto oro que estaba seguro no me pagaría lo que debía pagarme, y por ende guardé algo del oro sobrante para un trabajo que mereciera dicho honor.

Estrechando las manos del artesano, el joven guerrero se retiró con su armadura envuelta nuevamente en su saco, y se dirigió rápidamente a la Caballería del Castillo, donde pasaría su última noche antes del enfrentamiento final. Durante la noche, el humilde espadachín se dio un baño, oró por sus seres queridos y agradeció la oportunidad recibida, para luego irse a dormir. 

A la mañana siguiente, el coliseo local estaba repleto, pues ya se habían librado 7 de los 8 combates para elegir a los 8 nuevos integrantes de la Orden de los Caballeros de la Corona. Se rumoreaba que el último combate era casi como arrojar a un esclavo a los leones, pues uno de los postulantes era un conocido gran guerrero hijo de nobles de gran importancia en la aristocracia local, y el otro un simple pueblerino de las afueras de la ciudad. De ambos extremos del coliseo, emergieron las dos figuras; el aristócrata sorprendió a todos con su espectacular armadura de oro y el tallado del águila con sus alas extendidas, mientras que por el otro lado el pueblerino sorprendió a todos con su reluciente armadura de plata y el león rugiente en su pecho. Su larga capa carmesí flotaba en el viento casi rozando el suelo, pero sin llegar a hacerlo. Un Soldado Real los juntó en el centro de la arena, y explicó las reglas del combate: el primero en quedar desarmado e indefenso, perdería la prueba, y no era permitido causar daño mortal al adversario. 

-El pueblerino pierde –rió uno de los espectadores- ¡Apuesto 2000 monedas de oro a ello!
-Nadie te va a apostar –rió su compañero- es evidente que el ricachón vencerá…
-Yo le apuesto, joven –interrumpió una anciana voz, colocando los 2000 oros junto a los apostados por el confiado espectador.
-¿Estas seguro, viejo? –Rieron los presentes- No quiero abusar de un ingenuo como tú…
-¿Teme perder la apuesta, buen señor? –respondió el anciano herrero
-¡JAMÁS! –bufó el hombre, y estrecharon las manos en señal de cierre de la apuesta.

En la arena, el combate comenzaba. Ambas espadas relucían al sol del mediodía, y el León se lanzó en fervoroso ataque contra su rival, que esquivó sus primeras estocadas con notoria facilidad, y sin siquiera utilizar su espada para ello. Cada vez que evadía un ataque el Águila reía, burlándose de su rival, y le respondía con una estocada que dañara sus brazos, sus manos e incluso parte de su rostro.

-Está perdido, anciano –sentenciaba sarcásticamente el apostador

El Águila comenzó su ataque, y el León se defendió con maestría, sorprendiendo a su rival y la audiencia en general. El Águila atacó una y otra vez a la reluciente armadura plateada, y esta reflejó sus ataques por completo, sin recibir rasguño o daño alguno, y a la vez dañando parte de la hoja enemiga. La capa carmesí del León danzaba en compañía de su portador, y su espada comenzó a repeler los ataques enemigos, tornándose cada vez más ágiles y mejores sus contraataques y luego sus embates. El Águila dorada tallada en el pecho de la armadura comenzó a mostrar pequeñas grietas en su dorada estructura, y los ojos temerosos del espadachín aristócrata se tornaron estáticos y su piel pálida, del temor a recibir una estocada que le dañara físicamente. El León, rugido tras rugido de su espada, comenzó a destrozar con sus golpes la reluciente armadura dorada y quitándole su brillo a cada momento, mientras el Águila retrocedía paso a paso inclusive llegando a tropezar. Desesperado, lanzo golpes al corazón, los flancos y las piernas del León, mas su armadura supo proteger lealmente a su portador, y lo más que obtuvo su contendor fueron leves chispazos producto del golpe entre el metal y la hoja de la espada. 

-¿Pero que demonios? –exclamó el apostador
-Tu opción jamás ganará –dijo el anciano, confiado y sonriente
-¿De que habla, viejo loco? ¡Es un simple pueblerino!
-Va mucho más allá de eso, buen señor –sonrió el artesano.

“No es una cosa de técnica, de fuerza ni tampoco de diferencia de habilidad. Ambos son guerreros capacitados y fuertes, y poseen gran técnica y fortaleza, mas existe un abismo que los separa y que es lo que, desde su comienzo, determinó el final de esta batalla: la experiencia. El joven de familia acaudalada posee todo cuando ha querido tener y no ha debido enfrentarse a las dificultades de la vida pues su familia ha podido cubrir sus deseos y necesidades a la perfección y en su totalidad, inclusive proporcionándole lacayos que se encarguen de sus tareas básicas o de su cotidiano andar, por lo que este solo ha debido dedicarse a disfrutar de las riquezas familiares sin tener que por sus objetivos trabajar.

“Por su parte, el joven pueblerino carece de aquella riqueza material, y sus bienes no son más que aquellos que portaba cuando me conoció: una armadura vieja, abollada, una espada desgastada, un puñal de segunda mano hecho por aficionados y una pseudo-armadura que no resistiría jamás el embate de una buena espada o la mordida de un fiero animal. Pero todos ellos, junto con el pendiente en su cuello, poseen algo más que simple valor material: poseen experiencia, afecto, cariño, apoyo, amor, compañía, protección, esfuerzo, fracaso, tristeza, amargura, frustración, derrota, superación, lealtad, alegría, incondicionalidad; en otras palabras, poseen experiencias de vida, crecimiento real, poseen el saberse acompañado, querido y respaldado y poseen también la fuerza que da el caer y volverse a levantar. Poseen algo que el pequeño burgués jamás ha llegado a conocer: humildad, perseverancia, esfuerzo y tenacidad.

“Cuando el muchacho llegó a mi tienda, su humildad le llevó incluso a pensar en retirarse por no poder pagar mis honorarios para poder trabajar. A diferencia de él, el joven de gran fortuna me ordenó como si fuera un lacayo suyo e ignoró mis sugerencias, confiado en que, como con todo, volvería a ganar sin tener por nada que llegarse a esforzar, e incluso se dio la libertad de menospreciar mi trabajo y pagar mucho menos de su valor real. El otro, en cambio, a quien pedí los regalos que le otorgaran sus seres queridos, dudó y titubeó antes de responder, pero consideró que su paga sería muy poca y era lo menos que podía aportar, por lo que finalmente, luego de vacilar, accedió a entregarlas a mis manos, sin tener por que confiar en mi.”

-¡Eso no explica el por qué de que su armadura y su espada sean tan resistentes, viejo! –se quejó el apostador
-Estás equivocado –respondió el anciano- lo explica por completo; en su espada no solo está su fuerza, también forjé su perseverancia, experiencia, frustración y superación, además de sus tristezas y luego alegrías que le hicieron levantarse una y otra vez; y en su armadura, forje la protección, guía, cariño y preocupación de sus padres, el apoyo incondicional de sus amigos y seres queridos, su coraje y su tesón; y finalmente, en el centro de su armadura, tallé ese León Dorado, que representa su mayor fortaleza: su corazón aliado a su razón, y el amor que por sus sueños y seres queridos el mismo forjó en su interior.

En la arena, el rugido del León, mordía finalmente las garras del águila, destrozándola en millares de astillas y dejando la espada solo como una empuñadura con un trozo de hoja aún inserta en ella. La antes reluciente armadura se encontraba totalmente agrietada, al borde de convertirse en polvo y chatarra que casi perdía cualquier tipo de valor. La expresión del águila estaba paralizada por el miedo y el terror de la derrota, la inexperiencia y el dolor, emociones y sentimientos desconocidos por el joven hasta el día de hoy. Por su parte, el León cuidaba sus golpes procurando no herir a su rival, y tras la destrucción de la espada enemiga cesó su atacar, envainando su espada una vez más. Observando al juez del combate, sonrió y dijo “creo que ya no puede combatir más, y no quiero herirle ni dañar más su armadura, no creo conveniente continuar”. El juez, tan sorprendido como todos los espectadores y el mismo Rey, asintió ante el comentario del joven guerrero, y le declaró vencedor. Por unos instantes, el Águila derrotada pensó en atacarle por la espalda con la hoja que aún se encontraba prendida a su empuñadura, mas el adversario frente a él se veía a cada segundo más imponente y el solo recuerdo de sus estocadas y habilidades paralizaba cada músculo de su cuerpo ante el solo pensamiento de intentarle atacar. 

Tras la victoria, el humilde espadachín extendió la mano a su rival y le levantó del suelo donde aún se encontraba, poniéndolo de pie. 

-Fue una gran batalla –sonrió- estoy seguro de que la próxima vez lo lograrás.

El aristócrata se quedó mudo y observó a su rival alejarse, sin del todo comprender aún lo sucedido. Poco a poco su cuerpo fue volviendo a responderle, mientras la larga capa carmesí terminaba de tornarse indivisible a la distancia que se encontraba. En las tribunas, un anciano de barba blanca y enredada, en contraste con su reluciente calvicie, volvía a casa luego de una poco común jornada, donde el esfuerzo y la perseverancia le generaron ganancias jamás esperadas en un día de trabajo normal.