[3er texto que recupero de ese set de antiguos textos que estoy re-publicando. Esta debe ser la 1ra incursión que hice en este tipo de relatos. Habían 2 más pero que se perdieron en las bases de datos donde fueron publicados.]
No supe como pasó. No supe tampoco en que segundo se comenzó a hilar todo, para finalmente tenerte frente a mi, a mi lado, a solo un abrazo de distancia, solos tu y yo. Mi corazón latía tan aceleradamente que dificilmente pude seguirle el ritmo. Mi sangre hervía en mi cuerpo como si fuese a explotar por los poros, o a salir despedida cual volcán en tu presencia. Mis ojos, clavados en tu rostro, en tu cuello, en tus hombros, vivían una batalla campal deseosos de bajar desde tus hombros a tu pecho, tu cintura y tus caderas, batalla que sólo era detenida por la férrea razón que repetía para mis adentros, una y otra vez, "no ahora, no en este momento... y por Dios que me arrepiento de estar pensando esto". Tu sonrisa se develaba entre tus palabras y tras tus labios, al tiempo que mis manos se ocultaban bajo mi torso que se apoyaba en ellas, o en el pliegue del bolsillo donde, casi como enfundadas, las replegaba de ir hacia ti. Tu perfume, tu aroma, y tu aliento embriagaban mis sentidos y comenzaban a actuar cual sedante o cual licor, y mis defensas y la razón comenzaban a festinar con mi debilidad y a clamar, conjuntamente, "¡hasta cuando carajo vas a esperar!". Y entre palabras y palabras, mirándote a los ojos, y tu con tu mirada provocativa clavada sobre los mios, las cadenas de mi control se resquebrajaron en mil pedazos, y casi como un cazador que encuentra a su presa, mis manos, mi cuerpo y mis labios se "abalanzaron" sobre ti. En menos de diez segundos, tus manos eran capturadas y sometidas por las mías, tus labios silenciados por mis besos, y tu vientre se agitaba y comprimía mezcla de la sorpresa y el placer. En menos de quince segundos tus manos se liberaron de mi, y arrancaron mi camisa quitándole toda oportunidad de alguna vez soñar con portar botones otra vez. A los veinte segundos, mis dientes se convirtieron en expertas tenazas y pinzas, que arrancaron casi quirúrgicamente los botones de tu blusa, develando frente y cerca a mis ojos tu pecho oculto tras aquella negra ropa interior que tanto me provocaba (y lo sabías), y me invitaban a sumergirme entre ellos y entre su calor y su perfume.
Pude notar como, cuando cedí a dicha invitación, tu mentón se elevó hacia el cielo y tu rostro se inclinó hacia el muro. Pude notar también como tu cuello era, en ese segundo, presa fácil de una mordida o un beso, e inclusive un deleite de mi lengua. Mas era una decisión dificil, elegir entre tu cuello y quedarme entre tus pechos... con la meta de infiltrarme tras su última defensa textil. Y no tuve mucho tiempo para decidirme: tus manos, libres por completo de mi captura, se sumergían entre mis cabellos y los apresaban entre tus dedos, forzándome (y sin que opusiera resistencia alguna) a cumplir mi rol de cuasi-espía, e infiltrarme en la intimidad de tu regazo, como si tu corazón me hubiese querido susurrar al oído. Así, besé cada uno de tus pechos milimétricamente, recordando en mis labios cada centímetro de su piel, de su forma, de su tibieza y de su dulzura. Hice mías las cumbres de ambos, y los coroné con una fresca brisa que desató un pequeño huracán en tus labios.
Como una ola sorprende al descuidado bañista, tu fuerza y energía desatada me sorprendió a mi. Casi como si fuera una hoja de papel, me empujaste a tu costado e inmediatamente fuiste tu quien estaba ahora sobre mi. Tus pechos desnudos me apuntaban, y me llamaban a volver a ellos, mas tus manos y tu sonrisa picaresca me negaban tal acción, provocado tu risa ante mi frustrada empresa. Consciente de que ahora era captivo, y no captor, decidí observar y someterme a lo que tu decidieras, buscando el momento de recuperar mi sitial, o abandonarme a la seducción de tu captura. Irónicamente, mi captora me liberaba del cinturón que atrapaba mis jeans, celebrando una fiesta de independencia al derrocar el reinado del botón y el cierre, reemplazándolo por el de tus largas y cuidadas uñas, y tus manos. Y por lo visto, no fue solo en mi que se desató aquella revolución; tu ejército conquistador también decidió hacer causa común con tus jeans, y removerles de la misma tiranía. Y a la vez se potenciaron: no sólo derrocaron al gobierno de turno, sino que quitaron las banderas de mezclilla nacional, alzando las de la nueva República de la Piel Desnuda. Apenas y pude percatarme que no solo te posesionaste del país mezclilla, sino también de sus respectivas capitales interiores. A duras penas soportaba (si, como no) el castigo (¡ja!) al que era sometido (seguramente), cuando, no contenta con toda la revolución por ti desatada, quisiste además conquistar la libertad de mi ejército, envolviéndola en la suavidad y calor de tu tropa. Ahora era yo quien reclinaba el rostro hacia el muro y el mentón hacia el cielo, mientras tu risa entrecortada por suspiros se burlaba de mi sumisión a tu campaña.
No podía seguir así. Era hora de poner órden en aquella situación.
Raudamente me levanté, haciendo gala de mis abdominales, y atrapé a la invasora entre mis brazos, estrechandola contra mi piel. Sorprendida, tu rostro y tus suspiros se acrecentaron cuando no sólo te estreché, sino que me puse de pié contigo en mis brazos, fundida tu piel con la mía. No sé cuantos erúditos autores se desplomaron al piso en mi camino contigo hacia la ducha, ni cuantas filosóficas teorías se dieron de bruces en mi casi desbocado caminar, ni me importaba realmente. Sólo sentía como tus manos se clavaban en mi espalda para no soltarse ni caer, y como tus piernas se cruzaban tras mi cintura de una forma que ni el mejor koala podría imitar. Afortunadamente para la cortina de mi baño, desde antes de tu llegada se encontraba ya arriada, por lo que pudo escapar del vendaval que éramos nosotros dos. Sentí como tu piel se estremeció contra las frías cerámicas que cubrían el muro. Y me contagié en parte de ello, pero rápidamente, besando tu cuello, suspirando en tu oido, y estrechando tus caderas con mis manos, fueron las cerámicas quienes ahora se estremecieron de calor ante nosotros. Besé tu cuello, y tracé la ruta a tus labios con la punta de mi lengua, así como el camino alternativo a tus hombros, tu espalda, y tu pecho. Tus piernas subían y bajaban por mis caderas y mi espalda, causando, colateralmente, que una tibia lluvia cayera sobre nosotros, rodeando de húmedo vapor nuestros ya húmedos y sudados cuerpos. Besos iban, mordidas venían; mis manos estrecharon tus glúteos, y las tuyas los míos. No sé cual de nuestras respiraciones estaba más agitada. Inclusive creo que estaban fundidas en una sola. Parecía casi como si hubiéramos terminado de correr una maratón eterna, luchando codo a codo por ganar. Tu tibio aliento humedecía mis labios, mientras las gotas de la tibia lluvia salpicaban los tuyos. Mi aliento te imitaba. Y de pronto, tan rápidamente como comenzó esta batalla, nuestras miradas izaron dos banderas blancas no de paz, sino de tregua. Y como toda tregua, merecía una celebración, una reunión entre ambos estados. Yo estaba en ti, pues tus fronteras me permitieron el libre paso hacia tu ser. No más alientos fuertes, no más respiraciones tensas, no más uñas marcadas sobre mi espalda. Mis brazos ahora no te atrapaban, sino que te rodeaban. Tus piernas ya no luchaban con mis caderas, sino que se sumaban a su rítmico movimiento. Los suspiros ahora eran variados, desde muchos hasta pocos, desde bajos hasta altos. La tibia lluvia seguía cayendo, y junto con ella, fuimos descendiendo hasta llegar al lago que ya se había formado tras la previa tempestad. Con mis brazos a tus costados, te observé cara a cara, y mis caderas retomaron el ritmo que antes habían establecido. Las tuyas quisieron oponerse y plantearon una nueva sinfonía, que gustoso quise acompañar. Tus manos acariciaron mi pecho, mientras yo, con mis ojos cerrados, percibía tu tacto en mi piel, completamente.
Doblé mis brazos y me apoyé sobre mis codos, para liberar mis manos y acariciar tu rostro. Tu piel, suave y tersa, invitaba a mis palmas a posarse sobre ella, acariciando tu mojada cabellera y tus perfectas mejillas. Y el ritmo continuaba, la sinfonía se acercaba ya a su clímax. Rodamos sobre aquel lago una y otra vez, tu sobre mi, yo sobre ti. Nos sentamos, me diste la espalda, nos situamos frente a frente, nos apegamos como si solo hubiera un lugar donde teníamos que permanecer los dos juntos. No necesitábamos vernos la cara para saber como estaba el otro. No necesitábamos vernos los ojos para saber el éxtasis de cada uno, aún cuando al vernos a la cara nuestro éxtasis estallaba y se desbordaba. Perdí la cuenta de los minutos y las veces que nuestro encuentro parecía cesar, y se reiniciaba.
Poco a poco, tanto tú como yo, comenzamos a sentir el cansancio y las últimas fuerzas de las incontables batallas sucedidas. Era la hora de finalizar la guerra (al menos de ese día) y decidir al vencedor. Muchas veces estuviste a punto de derrotarme. Muchas veces te derrotaba yo, pero tenías la ventaja que esas pequeñas derrotas no eran ni un ápice de la real derrota a la que debía (y quería) hacerte llegar. Y, casi como un silencioso tratado y acuerdo en la intimidad, juntamos nuestras bocas y entrelazamos nuestras lenguas, al mismo tiempo que en el puente que nos unía, se sellaba la paz al mismo tiempo (por ese día). Los suspiros ya no eran ni aguerridos, ni tampoco confundidos; ahora eran suaves y tranquilos. En tu rostro se dibujó una sonrisa, y tus dedos, ahora ya veteranos conquistadores, se sumergieron nuevamente en mis cabellos pero con cuidado y suavidad, mientras apoyabas tu rostro y tu cabeza sobre mi hombro y mi pecho. Mis brazos te cobijaron, y nuestras piernas se entrelazaron. La tibia lluvia no cesaba de caer, y nos invitaba casi a un profundo sueño, el cual no quisimos conciliar. Nos miramos a la cara, y sin palabras nos amamos y nos besamos, casi tanto como hacía pocos minutos atrás.
Por una ventana y entre el vapor que nos rodeaba, los primeros rayos del alba se asomaron. Como si fuera el final de una película, un coro de gorriones recibía el nuevo día, y celebraba nuestra conjunta victoria. Y al mismo tiempo, en nuestros cuarteles generales, nuevas estrategias eran trazadas en una silenciosa "guerra fría", donde la recién pactada tregua no era otra cosa sino una pausa... Una pausa, en esta hermosa y permanente guerra, donde como fuera éramos victoriosos los dos.
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martes, marzo 27, 2012
sábado, octubre 01, 2011
Lobo Solitario.
El presente texto surge tras una pequeña anécdota. Tras usar una aplicación de Facebook, relacionada al animal que correspondería a mi "patronus", y concentrándome en mi(s) momento(s) más feliz(ces), salió un lobo. Y si bien siempre he tenido este pensamiento, ese hecho fue el gatillante final de este escrito.
Soy un lobo solitario. De eso me he dado cuenta a lo largo del tiempo, del pasar de los años, de la observación de mi camino. Soy un lobo solitario que atesora mucho su propio espacio, su senda, sus elecciones.
No, que no se malentienda. No significa que no me pueda (o no me interese) relacionar con otros, o pertenecer a un grupo. Como buen lobo, soy fiel a mi manada, y sin duda alguna que junto a ella me siento seguro, protegido, acompañado, querido. Pero a su vez, creo que no soy de los que podría estar inserto en esa manada 24/7, salvo -quizás, por lo que siento- mi "propia" manada, algún día.
Soy un lobo solitario. Un lobo joven. Un lobo que, como buen lobo, observa de los ancestros y de los más ancianos, y admira y aprende de su experiencia y sabiduría, mas sin dejar de lado mi energía, fuerza y garra de lobo joven. Creo fielmente en que las experiencias se viven siguiendo la propia ruta, y no a través de simplemente (o únicamente) a través de lo que alguien más te pueda transmitir. El camino es distinto para cada lobo, y la forma en que lo sortee también. Sin embargo, valoro y atesoro las experiencias compartidas, que pueden quizás enseñarme perspectivas que sino no habría considerado, pero no permito que se antepongan a mi propio vivenciar (salvo, claro está, ejemplos más extremos). Soy un lobo que quiere conocer los terrenos que recorre con el propio tacto de sus patas, la tibieza o frialdad de los vientos en cada zona por su pelaje, los paisajes, ríos, bifurcaciones y sendas con sus ojos, que sepa reconocer peligro, alimento, o a los suyos por su olfato y oído. Un lobo que se guía por su intuición, ese sentido natural que todos llevamos y que tan poco consideramos, sin caer -claro- en solamente ser intuitivo, pues la razón no nos fue dada por simple azar.
Soy un lobo que ama la noche, y que está enamorado perdidamente del resplandor de la luna. Un lobo que aúlla ante ella, cuyo corazón se conmueve y se estremece al verse cubierto de su pálida pero cálida luz. Un lobo que encuentra en el silencio de la noche el pasaje a su interior, a la paz y la armonía del descanso que el día no provee. A su vez, soy un lobo que disfruta de lo que el día le entrega y las oportunidades que le abre en su pasar. Cada experiencia, cada situación, inclusive los peligros, que enseñan a sobrevivir y a madurar.
Soy un lobo aclanado. Por los míos me tranzaría en la más descarnada batalla sin dudarlo. Nadie se mete con los que pertenecen a mi manada así como así. Y por "manada" no cuento sólo a los de sangre, sino también a los de vida, de camino, de experiencias, de viajes. A todos y todas. Y aún así, soy un lobo solitario. Quizás un rasgo que a ratos me juega en contra, porque la soledad es compañía, pero a la vez también es soledad. Y puede ser compañía pues sé que mi manada está ahí, como sé -o espero- sepan que yo estaré ahí. Quizás es un rasgo que heredé de uno de mis antepasados que más admiro, como ser el líder de la manada a la que pertenezco como familia, así como su sentimiento de pertenencia por esta. Claro está, somos distintos y como toda manada, joven y adulto se enfrascan en combate, hasta el día en que sea digno de sucederle, tras haber aprendido todo cuanto necesitase y este le pudiese (y quisiese) entregar.
Soy un lobo que observa hacia el futuro en el momento que pueda formar su propia manada, e integrarla a la suya, así como integrarse a esa otra manada ya existente. Soy un lobo que aprende y yerra, que tiene fortalezas pero a la vez temores. Que se sabe aún inexperto para varias cosas, medianamente experto para otras, experto para otras distintas, e innovador en otras que sus antecesores no conocieron o no llegaron a conocer. Soy un lobo que se regocija en "esa" compañía, donde puede echarse y cerrar los ojos tranquilamente, como alguna vez lo hizo bajo el cuidado de su madre, o de los más ancianos. Soy un lobo que prefiere la calidad antes que el número en su manada.
Soy un lobo solitario. Y me gusta serlo. Porque no estoy solo. Y porque es parte de mi senda, mi camino, mi experiencia.
miércoles, septiembre 07, 2011
Los Grandes Muros.
Habían pasado meses ya. En estos, diversos eventos se situaron fuera de los altos muros de ese castillo. Muchos se preguntaron quien los habría construido y cómo, pues ante tantas hordas que se abalanzaron sobre este jamás cedieron, jamás se agrietaron, jamás mostraron signo de desgaste alguno. Primero fueron los salvajes, luego los orcos, inclusive hordas y hordas de rebeldes enardecidos. También lo hicieron aquellos que padecían las pestes más letales desatadas en el último tiempo que intentaron treparlos a como diera lugar para llegar al centro, al Rey, a que pudiera conectarse con su sufrimiento. Pero no, no hubo caso.
Desastres naturales no fueron la excepción. Terremotos. Intensas nevazones. Tormentas con inundaciones de proporciones casi bíblicas. Los muros del castillo estuvieron rodeados de agua, inclusive casi superándolos, pero ni un ápice de humedad, moho o algo por el estilo quedó en ellos. Las hordas regresaron, algunas incluso se unieron, y lanzaron los más potentes cañonazos, cargaron las catapultas de las más pesadas y duras piedras, pero nada. La resistencia era a prueba de todo. Ni siquiera rasguños o marcas quedaban en ellos.
Los manifestantes poco a poco empezaron a rendirse. Un año pasó. Más de un año. Ya estaban dispuestos a abandonarlo todo. Jamás lograrían llegar a palacio, al trono del Rey, a mostrarles su realidad a este. El maestro Jack había hecho la construcción más perfecta jamás hecha, y con ello cumplía la tarea que le había sido asignada: proteger al Rey, a cualquier costo, de cualquier amenaza que alterase su tranquilidad.
Sin embargo, el Rey notó que algo extraño ocurría. Todo estaba demasiado calmo. Todo estaba demasiado en órden. No recibía noticias de exterior, no recibía informes. Todo parecía demasiado perfectamente hecho como para ser realmente humano. No había recibido reportes de los ejércitos que enviara a batallar, ni de las campañas a las que había decidido lanzarse, ni mucho menos de los emisarios que había enviado. Siempre alguien le respondía rápidamente que todo iba acorde a sus deseos, y rápidamente también se retiraban.
Y no pudo más. Salió de Palacio, y se dirigió a la biblioteca. En ella, alguna vez, le fue relatado que existía un texto que contenía la fórmula para una potente sustancia que le permitiría ver más allá que lo que sus ojos podían ver. Pero ello tendría un costo muy, muy alto para si mismo. De esta forma, y sin hacer partícipe a nadie de esto, preparó la sustancia y se dirigió a los Grandes Muros. Frente a estos, sus ejércitos observaban sorprendidos su aparición y Jack, sonriente, se vanagloriaba a si mismo de su gran logro, sabiendo que el Rey estaba bajo su resguardo y su poderosa construcción. Sin embargo, el Rey bebió de una botella de un extraño color negro, que él no conocía, y ante sus ojos se reveló una cruda verdad: esos Grandes Muros, que se erguían frente a él, en realidad estaban absolutamente agrietados. Los lamentos, las tristezas, los reclamos, los llamados y la necesidad de su pueblo y los vecinos estaban estampados en él. Los ejércitos que fallaron en sus campañas, o aquellos que dieron hasta la vida por él, también. Observó una infinidad de grietas como cualquier vidrio antes de desmoronarse. Su rostro lo dijo todo. Jack quedó estupefacto ante esto, mas no comprendía que ocurría.
En sus manos, el Rey aún conservaba parte de esta poción. Se acercó a uno de sus soldados, y le ordenó entregarle su espada. Baño la hoja de esta en el oscuro elixir, y en un sólo, ágil y firme movimiento la enterró en el muro. Inicialmente este opuso resistencia, mas rápidamente la espada comenzó a atravesarlo como si estuviese cortando mantequilla. El Rey dejó la hoja incrustada en el muro, y en cuestión de segundos todos los muros comenzaron a volverse polvo, una simple gravilla. Frente a él, su sufriente pueblo quedaba ante su vista por primera vez en ya demasiado tiempo. Jack corría desesperado a intentar contener la situación, mas ya era demasiado tarde. En un segundo todo aquello que por meses y años había quedado incrustado en los muros llegó directo a su corazón y liberó de sus ojos las más tórridas cataratas. Empatizó con cada palabra, con cada vivencia, con cada sentimiento. Y dejó salir de su corazón todo aquello que por tanto tiempo dudó y cargó, sin poder liberarlo.
Jack se dio a la fuga. Si bien el Rey puso precio a su cabeza y la sentencia que le esperaba era la ejecución, él era muy diestro como para ser capturado, por lo que permanece prófugo hasta la fecha. Los muros quedaron ahí, en el piso. Algunos especulan que Jack volverá a levantarlos, otros dicen que será el Rey mismo quien los levante esta vez. Por ahora, sólo es seguro que el Reino tuvo la oportunidad de conectarse con Su Majestad una vez más. Y que este espera poder mantener ese contacto. Pero la historia es incierta, y sólo el tiempo la dirá.
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